Don Juan de Alarcón es el mozo más galán, pendenciero y calavera de Palencia: lo han echado de Valladolid, adonde fue a estudiar, y su padre, don Gil, viudo, devoto y enfermo de gota, siempre acaba perdonándolo. Viven frente a un convento de monjas, para alegría del padre y fastidio del hijo, que ronda en vano rejas y celosías. Un día, en misa, una voz joven lo saca de sus pensamientos: «De rodillas, caballero, que están alzando la hostia». Es Margarita, la tornera del convento.
Margarita aún no ha cumplido diecisiete años y lleva seis encerrada. Don Juan la cita de noche en la reja de una capilla, le inventa un secreto terrible —guerras, incendios y enemigos que se acercan a Palencia— y le pinta un lugar lleno de fiestas donde sólo él puede ponerla a salvo. Noche tras noche crece la tentación: ella toma por primera vez un espejo por juez, se quita la toca y descubre que es hermosa.
Al fin acuerdan la fuga para las dos de la madrugada, por el huerto y con una escala. Antes de irse, Margarita se despide de la imagen de la Virgen cuyo altar cuidaba en un rincón del claustro, le deja la vela encendida y le entrega sus llaves: «Guárdalas: otra tornera elige a tu gusto ahora». Lo que sigue la lleva a Madrid, a las fiestas de la corte de Felipe IV, entre el juego, una bailarina llamada Sirena y don Gonzalo, el viejo amigo de don Juan.
Final (contiene spoilers)
Seis meses después el dinero se ha acabado y don Juan, harto de Margarita, persigue a Sirena. En una cena con ella, don Gonzalo, borracho, nombra a Margarita y descubre que la monja es su hermana, a la que nunca había visto y a la que su familia metió en el convento para quitarle una herencia. Pelean, y don Juan lo mata. Huye con Margarita y, a los dos días de camino, la abandona dormida en una posada. Un hidalgo y su esposa la llevan hasta Dueñas, y ella vuelve a Palencia para mirar, aunque sea de lejos, el balcón de don Juan. Una tarde de tormenta se refugia en la iglesia del convento y ve a una monja que adorna los altares envuelta en una claridad extraña: se llama Margarita, es la tornera y tiene su mismo rostro. Es la Virgen, que ocupó su puesto mientras ella faltaba: «Yo ocupé tu lugar, piensa tú en mí». Margarita vuelve a su celda, encuentra la vela aún encendida y las flores sin marchitar, y vive en paz «sin más mundo que el torno y el altar».