Cae la noche y dos jinetes cruzan un olivar hasta una cruz de hierro donde el camino se divide. Uno se queda esperando con los caballos; el otro va hacia un convento solitario y vuelve satisfecho: la monja a la que visita, dice, «más quiere la tortolilla / volar libre por Castilla, / que estar en jaula con Cristo». Son el capitán don César Gil de Montoya y su criado Ginés.
Una noche de octubre, en una calleja de Toledo, unos hombres apostados esperan a que un caballero salga de una casa con su hija para llevársela. Un joven con una larga pluma en el sombrero se lanza a defenderlos, tiende a dos en el suelo y espanta a los demás con una frase: «Con una legión no basta / para el capitán Montoya». El salvado es don Fadrique de Toledo, que le ofrece su honor y su hija. Montoya, rico, galán y temido en toda España, acepta a Diana y una dote de cuatro millones sin renunciar a la monja.
La boda se celebra en el palacio del duque, con lo más ilustre de Castilla, en una fiesta que el poeta confiesa no saber pintar. Montoya llega tarde, firma el contrato y promete casarse ante Dios a la mañana siguiente; pero a las dos de la madrugada sale de Toledo con Ginés por la puerta del Cambrón. Mientras tanto, en el convento, doña Inés de Alvarado, encerrada sin vocación, parece de pronto la más devota de las hermanas: reza ante la reja del coro, borda sin descanso y madruga con el día. Las monjas creen que ha vuelto al redil; en realidad, un hombre la contempla al otro lado de la reja.
Final (contiene spoilers)
En el olivar, Montoya deja a Ginés con tres caballos y entra en el convento a buscar a Inés. Pero la iglesia está de luto: monjes que rezan responsos que suenan a maldiciones, nobles de caras secas y antiguas, una sepultura abierta. Pregunta quién es el muerto y para quién abren la fosa, y siempre le responden lo mismo: Montoya. Sube al túmulo, descubre la caja y se encuentra a sí mismo amortajado; don Fadrique y Diana lo lloran sin reconocerlo, Inés lo llama desde la reja y un muerto de rostro hediondo lo agarra del brazo: «Tú eres quien cambia conmigo; / a mi sepultura ven». Despierta en brazos de Ginés, que no vio ni oyó nada. Montoya rompe la boda sin dar explicaciones y reparte su fortuna: una parte para Ginés, otra para fundar un hospital o un convento y otra para don Luis de Alvarado, que gana la apuesta que habían hecho de robarle a Dios su mejor prenda; Luis no debe saber que esa prenda era su propia hermana. Luego desaparece. Diez años después, don Fadrique, moribundo, pide un capuchino: es Montoya, que le confiesa su visión y lo acompaña en la muerte. En su humilde tumba se leía: «Aquí yace fray Diego de Simancas, / que fue en el siglo el capitán Montoya». Inés murió monja.