I. De lo que pasaba en la muy noble y leal ciudad de México, en la noche del 3 de Julio del año del Señor de 1615
Hace dos siglos y medio, México no era ni la sombra de lo que había sido en los tiempos de Moctezuma, ni de lo que debía ser en los dichosos años que alcanzamos.
Las calles estaban desiertas, y muchas de ellas convertidas en canales; los edificios públicos eran pocos y pobres, y apenas empezaban a proyectarse esos inmensos conventos de frailes y de monjas, que la mano de la Reforma ha convertido ya en habitaciones particulares.
Se vivía entonces muy diferentemente de como hoy se vive. A las ocho de la noche, casi nadie andaba ya por las calles, y solo de vez en cuando se percibía el farolillo de un alcalde que iba de ronda, o la luz con que un escudero o un rodrigon alumbraban el camino de un oidor, de un intendente, o de una dama que volvía de alguna visita. Los perros vagabundos se apoderaban de las calles desde la oracion de la noche, y atacaban como unas fieras a los transeuntes.
Los truanes y los ladrones tenían carta franca para pasear por la ciudad; la policía de seguridad estaba solo en las armas de los vecinos.
Era la media noche del 3 de Julio de 1615. Una menuda lluvia se desprendia sobre la ciudad, y producia un rumor ténue y acompasado; no se veía en todas las calles ni una luz, las puertas y las ventanas estaban cerradas, y parecía no vivir ninguno de los treinta y siete mil habitantes que componían entonces la poblacion.

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