Viaje
DESPERTABA como de un sueño a la orilla del mar Pacífico y en el puerto del Manzanillo el 13 de Enero de 1877.
Y cuidado que el sueño picaba en historia: había de todo, como en los dramas románticos: escursiones a caballo, lastimeras y dolientes como un de profundis, entrevistas al rayo de la luna, como parodiando las que tuvo el Ariosto con los recaudadores de equipajes en los caminos, mansiones en una especie de sepulcros de vivos, de donde había huido para siempre el ruido y caminaban maquinalmente los cadáveres con los ojos abiertos: arcos triunfales, repiques, banquetes y entusiasmo frenético, descensos a las entrañas de la tierra, sonrisas del poder, cobardía y traiciones viles, y en fin, tanto y tan variado suceso, que a ser mi objeto, formaria entretenidas leyendas y sabrosas enseñanzas para los presentes y venideros siglos.
Yo tenia la conciencia de haber visitado en otro tiempo, dulce y alegre cuando Dios quería, aquellos mismos lugares, embriagado de luz con la grande epopeya de la Reforma, y tratando de seguir las huellas, como por mi fortuna las seguí de cerca, de Juarez, de Ocampo y Degollado. Pero aunque mi memoria insistia en restablecer el cuadro que entonces se ofreció a mis ojos, no quedaba ni un fragmento, ni un resquicio, ni señal ninguna que sirviese de punto de apoyo a mis recuerdos.
Entonces (1858), mal feridos y desgobernados en nuestros rocines y llevando a cuestas el retumbante título de la familia enferma, llegamos al Manzanillo, Juarez, Ocampo, León Guzman, Ruiz Manuel, Cendejas Francisco, Jacinto Aguilar, Zambrano, D. Matías Romero y algunos otros, como perseguida compañía de cómicos de la legua.

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