Los inválidos
La extracción de un caballo en la mina, acontecimiento no muy frecuente, había agrupado alrededor del pique a los obreros que volcaban las carretillas en la cancha y a los encargados de retornar las vacías y colocarlas en las jaulas.
Todos eran viejos, inútiles para los trabajos del interior de la mina, y aquel caballo que después de diez años de arrastrar allá abajo los trenes del mineral era devuelto a la claridad del sol, inspirábales la honda simpatía que se experimentaba por un viejo y leal amigo con el que se han compartido las fatigas de una penosa jornada.
A muchos les traía aquella bestia el recuerdo de mejores días, cuando en la estrecha cantera con brazo entonces vigoroso, hundían de un solo golpe en el escondido filón el diente acerado de la piqueta del barretero. Todos conocían a Diamante, el generoso bruto, que dócil e infatigable trataba con su tren de vagonetas, desde la mañana hasta la noche, en las sinuosas galerías de arrastre. Y cuando la fatiga abrumadora de aquella faena sobrehumana paralizaba el impulso de sus brazos, la vista del caballo que pasaba blanco de espuma les infundía nuevos alientos para proseguir esa tarea de hormigas perforadoras con el tesón inquebrantable de la ola que desmenuza grano por grano la roca inconmovible que desafía sus furores.
Todos esperaban silenciosos la aparición del caballo, inutilizado por incurable cojera para cualquier trabajo dentro o fuera de la mina y cuya última etapa sería el estéril llano donde solo se percibian a trechos escuetos matorrales cubiertos de polvo, sin que una brizna de yerba, ni un árbol interrumpieran el gris uniforme y monótono del paisaje.

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