I
Comenzaba este largo siglo, que ya va de vencida.—Nose sabe fijamente el año: sólo consta que eradespués del de 4 y antes del de 8.
Reinaba, pues, todavía en España Don Carlos IV deBorbón; por la gracia de Dios, según las monedas, ypor olvido o gracia especial de Bonaparte, según losboletines franceses.—Los demás soberanos europeosdescendientes de Luis XIV habían perdido ya la corona(y el jefe de ellos la cabeza) en la deshecha borrascaque corría esta envejecida parte del mundo desde 1789.
Ni paraba aquí la singularidad de nuestra patria enaquellos tiempos. El Soldado de la Revolución, el hijode un obscuro abogado corso, el vencedor en Rívoli, enlas Pirámides, en Marengo y en otras cien batallas,acababa de ceñirse la corona de Carlo Magno y detransfigurar completamente la Europa, creando y suprimiendonaciones, borrando fronteras, inventando dinastíasy haciendo mudar de forma, de nombre, de sitio,de costumbres y hasta de traje a los pueblos por dondepasaba en su corcel de guerra como un terremoto animado,o como el «Antecristo,» que le llamaban las potenciasdel norte…—Sin embargo, nuestros padres (¡Dioslos tenga en su santa gloria!), lejos de odiarlo o detemerle, complacíanse aún en ponderar sus descomunaleshazañas, como si se tratase del héroe de un libro de caballerías,o de cosas que sucedían en otro planeta, sin que ni

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